¿Es buena idea prohibir el acceso de menores a las redes sociales?
¿Es la prohibición de las redes sociales a menores de 16 años una buena medida ante la crisis de salud mental juvenil? El debate sobre la seguridad digital de nuestros hijos urge más que nunca.
A estas alturas doy por sentado que usted, querido lector, ya conoce la noticia: Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, anunció que planea prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años. La medida incluye exigir a las compañías tecnológicas que implementen sistemas fiables y seguros de verificación de la edad y, además, convertir a los ejecutivos de estas compañías en responsables legales de los posibles incumplimientos en los que puedan incurrir.
El anuncio responde a un cambio en la percepción de las nuevas tecnologías que comenzó hace unos años, principalmente a raíz de escándalos como el relacionado con Facebook y Cambridge Analytica. Desde entonces, un cierto tecnopesimismo vino a reemplazar aquellos años en los que las redes sociales nos parecían herramientas democratizadoras que habían llegado para “hacer del mundo un lugar mejor” (make the world a better place). Qué tiempos aquellos en los que parecía que Twitter era el causante de las revoluciones populares y no el estercolero de odio en el que se ha convertido.
Desde entonces, han sido muchas las voces que se han alzado para denunciar el impacto negativo que las redes sociales tienen en el bienestar de los jóvenes: pérdida de atención, incremento de la intensidad del acoso juvenil, intromisiones en la privacidad, problemas de salud mental relacionados con la autoestima o el sueño. La combinación de los móviles con las redes sociales, especialmente Instagram y TikTok, ha dado lugar a lo que Jonathan Haidt llama la “infancia basada en el teléfono”.
Con el giro en la percepción sobre las nuevas tecnologías, han comenzado los primeros intentos de cambiar un status quo que parecía abocarnos a dejar a nuestros hijos en manos de las redes sociales a edades cada vez más tempranas. El móvil, y con él un acceso descontrolado a las RR. SS., cada vez se entregaba antes. Doce años parecía el techo máximo imposible de superar sin dárselo, pero es que ya hace tiempo que es el regalo estrella de la primera comunión (entre los 7 y 10 años) y es bastante común ver teléfonos inteligentes en colegios de primaria.
Primero fueron los cambios en la regulación de colegios e institutos, prohibiendo la presencia de teléfonos en las aulas. Respecto a las RR. SS., Australia ha sido el primer país en mover ficha prohibiendo el acceso a menores de 16 años y, tras él, otros como Francia (15 años) y ahora España parecen seguir la misma línea. Si dejamos a un lado el ruido que la polarización política puede crear, nos congratulamos de que se comiencen a ver intentos de cambiar una situación que empezaba a ser realmente preocupante. Analicemos ahora los distintos aspectos de esta noticia.
Crecer mirándose en el espejo del móvil
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¿Causan las RR. SS. problemas de salud mental?
Este es el punto que causa más controversia. Parece evidente, a juzgar por los datos, que en los últimos diez años se registra una epidemia mundial de salud mental que afecta especialmente a los jóvenes. Numerosos expertos de ámbitos como la psicología, la psiquiatría o la sociología esgrimen que no hay una relación de causalidad entre el uso de las RR. SS. y estos problemas. En este punto cabe recordar que no es lo mismo causalidad que correlación: que ambos sucesos puedan estar relacionados no significa que uno sea el causante del otro.
Sin embargo, muchos otros investigadores opinan que la correlación entre ambos ya sería, por sí sola, un motivo para legislar sobre el asunto, especialmente dada la gravedad del problema. Otros inciden en un punto a tener en cuenta: no es lo mismo el uso que el abuso. Quizás una utilización razonable de las RR. SS. no tenga un impacto negativo, pero su diseño adictivo empuja a muchos adolescentes a usarlas de forma descontrolada, incidiendo negativamente en múltiples aspectos de sus vidas.
¿Se pueden poner puertas al campo de internet?
Uno de los aspectos más desconocidos para la mayoría de las familias es el impacto técnico que el desarrollo de la ley puede tener. A priori, parece difícil creer a las grandes tecnológicas cuando afirman que no pueden determinar con certeza la edad de un usuario, especialmente si tenemos en cuenta los avanzados sistemas de IA que manejan para conocer hasta el más íntimo de nuestros detalles. Sin embargo, la cuestión no reside solo en la posibilidad de hacerlo, sino en hacerlo de forma segura, sin revelar nuestra identidad. La UE lleva tiempo trabajando en un “pasaporte digital” para facilitar este tipo de operaciones, aunque todavía faltan años para que esté disponible.
Otra cuestión que se ha destacado mucho en aquellos países que ya han aprobado leyes similares son los trucos técnicos para evitar los bloqueos. El más evidente es la utilización de VPN. Esta tecnología permite simular que nos estamos conectando desde otro país en el que la restricción de edad no funcione. Si bien es cierto que para cualquier medida que se apruebe existirá algún tipo de trampa, no lo es menos que no todo el mundo tiene el conocimiento técnico para utilizarla. Por otra parte, desincentivar —aunque no suponga un triunfo absoluto en el corto plazo— siempre supone un avance a la larga cuando se trata de cambiar usos y costumbres.
Y las compañías tecnológicas, ¿qué?
Hay muchas voces que, acertadamente, señalan que la verdadera y definitiva solución ha de pasar por un rediseño de este tipo de aplicaciones. Para todos son conocidas las técnicas que las RR. SS. utilizan para vampirizar nuestra atención: scroll infinito, gratificación instantánea, validación social a través de los likes, notificaciones constantes… El algoritmo con el que trabajan arrastra a las personas, y con mayor fuerza a los adolescentes, a un efecto de “caja de resonancia” donde se llega a pensar que el mundo es, en realidad, lo que está ocurriendo en nuestro timeline.
Conocidas estas estrategias, no estaría de más exigir a las compañías creadoras de las RR. SS. que dejen de hacer experimentos de ingeniería social con las mentes de nuestros jóvenes. Su modelo de beneficios basado en la publicidad ha de poder sobrevivir sin necesidad de convertir el cerebro en un punching-ball constantemente zarandeado por algoritmos que buscan sus treinta segundos de gloria a costa de polarizar, envenenar y destruir la autoestima mediante estrategias de comparación social.
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El papel de las familias
¿Y qué pintamos las familias en toda esta historia? Pues, obviamente, hemos de llevar la voz cantante, ocurra lo que ocurra con la nueva ley. Nuestra es la responsabilidad máxima de todo lo que ha ocurrido hasta ahora, y así seguirá siendo. Más allá de lo malignas que puedan ser las RR. SS., está en nuestras manos educar a nuestros hijos en un uso responsable de cualquier tipo de tecnología. Advertirles de sus peligros, controlar su uso o proponer alternativas creativas son tareas que deberíamos incorporar a nuestra rutina digital.
Por supuesto, la parte más importante de la educación pasa por el ejemplo que demos. De nada sirve tratar de explicarles a los jóvenes todo lo dañino que tienen las RR. SS. si nos pasamos el día con la nariz metida en Instagram. Uno de los motivos por los que la edad de utilización caía en picado es la incapacidad de padres y madres de prohibir a sus hijos algo que ellos mismos no perciben como peligroso. Pues bien, es hora de que nos tomemos las redes como lo que son: algo tan nocivo, adictivo y peligroso como el tabaco o el alcohol. ¿Verdad que no dejarían a sus hijos fumar o beber a los 12 años? Pues eso.
Una última reflexión
Estoy leyendo a mucha gente opinar que la ley no va a conseguir el efecto deseado, que tiene complicaciones técnicas de las que no se habla o que es una tapadera para desviar la atención sobre los problemas políticos del Gobierno. Este tipo de comentarios me parecen cínicos. ¿Cuál es la alternativa? ¿Negar que las RR. SS. están relacionadas con múltiples problemas de salud mental amparándose en determinados estudios estadísticos? Honestamente, cualquiera que tenga hijos o preste un poco de atención a los jóvenes se dará cuenta de que algo no marcha bien y de que hemos perdido el control sobre la situación.
Todas las excusas y críticas sobre la ley no van a tapar la cruda realidad: es necesario poner un pie en la puerta y detener esta espiral en la que habíamos caído. Algún día miraremos atrás y pensaremos cómo fuimos tan ingenuos e irresponsables para dejar a nuestros hijos conectarse, prácticamente sin control, a tecnologías con un potencial tan nocivo como son las actuales redes sociales.
No hacer nada no puede ser una opción.
Basta ya.





Totalmente de acuerdo. Hay que hacer muchas cosas, pero lo que está sucediendo con niños y adolescentes, hay que frenarlo.