Imagina dos casas, a la misma hora de una tarde de martes, con el mismo modelo de móvil sobre la mesa. En una hay un adulto que ha salido pronto del trabajo, una cena que se prepara entre todos y margen para preguntar "¿qué estás viendo?" sin que suene a interrogatorio. En la otra hay turnos que no encajan, un cansancio que no da para conversaciones largas y un móvil que cumple, sin que nadie lo haya decidido, el papel de canguro. Nadie quiere menos a nadie. Lo que cambia es el margen.
Casi todo el debate público sobre adolescentes y tecnología habla de "los chavales" como si fueran un grupo uniforme, y de "las pantallas" como si hicieran lo mismo en cualquier casa. Los datos más recientes dicen otra cosa: el mismo dispositivo no llega igual a todas partes, y la desigualdad interviene en al menos tres capas. Conviene mirarlas una a una, con sus matices, porque aquí es muy fácil contar una historia más simple de lo que los números permiten.
Primera capa: quién pasa más horas
En España, un informe reciente de la Gasol Foundation ("Pantallas, infancia y adolescencia en España", basado en el estudio PASOS con niños y adolescentes de 8 a 16 años) sitúa la media por encima de las tres horas y media diarias, y calcula que el 71,7% supera el máximo recomendado de dos horas (Infobae, El Debate).
Lo relevante para este artículo es cómo se reparte. Los valores más altos se concentran en entornos de menor renta y en familias cuyos progenitores no tienen estudios universitarios o no trabajan. Según el informe, los hijos de progenitores sin estudios universitarios pasan 46 minutos más al día frente a una pantalla. Y la brecha máxima roza las tres horas: 304,6 minutos diarios entre los chicos adolescentes de familias de menor renta y sin estudios universitarios, frente a 128,9 minutos entre las niñas de primaria con padres universitarios.
Un matiz importante: esos dos grupos extremos no solo difieren en renta; también en sexo y en edad, y el informe mide asociaciones, no causas. Pero la dirección es clara y coherente con lo que se ve en otros países.
Segunda capa: quién tiene colchón
La segunda capa es más sutil, y es la que más se malinterpreta. El World Happiness Report 2026, de la Universidad de Oxford, dedica un capítulo a redes sociales y adolescencia. Su análisis más citado, firmado por Pablo Gracia (Universitat Autònoma de Barcelona) y su equipo, usa datos de más de 331.000 adolescentes de 43 países (capítulo original).
Su hallazgo central es incómodo para cualquiera: el uso problemático de redes sociales —ese patrón compulsivo de pensar en ellas todo el rato, sentirse mal sin acceso o mentir sobre el tiempo conectado— se asocia con peor bienestar en los 43 países, sin excepción. Y esa asociación se intensificó entre 2018 y 2022 en todos los grupos sociales.
¿Dónde entra la desigualdad? En que la asociación es algo más fuerte en las familias de menor nivel socioeconómico. Pero ojo con las proporciones: los autores calculan que en las familias de nivel alto la relación negativa es entre un 5% y un 10% menos intensa. Es una diferencia real, no un abismo. Y en la región mediterránea las diferencias por nivel socioeconómico son débiles. Los propios investigadores plantean como hipótesis que las familias con más recursos están mejor posicionadas para movilizar apoyo, estrategias de crianza digital y habilidades digitales que amortigüen el golpe; y advierten de que su estudio no permite saber qué causa qué.
Traducción práctica: el problema no es "algo que les pasa a las familias con menos recursos". Es algo que afecta a todas, y que a unas les cuesta un poco más amortiguar.
Tercera capa: quién tiene acceso, y quién tiene guía
La tercera capa es la más antigua y la que parecía resuelta. En España, casi todo el mundo está conectado: según el INE, el 97,4% de los hogares tenía conexión en 2025 y el 96,9% de los menores de 10 a 15 años usó ordenador (INE). Pero la misma encuesta recoge que el 10,7% de los hogares accede solo por móvil, un detalle que importa cuando toca hacer un trabajo o rellenar un formulario.
En Estados Unidos, donde se mide desde hace más tiempo, el patrón está más marcado. Según Pew, el 54% de los adultos en hogares de menos de 30.000 dólares tiene banda ancha en casa, frente al 94% de los de 100.000 o más, y el 34% de los primeros depende solo del smartphone, frente al 4% (Pew, 2026). Es el llamado "homework gap": ya en 2018, el 24% de los adolescentes de familias de menos de 30.000 dólares decía no poder terminar a veces o a menudo los deberes por falta de un ordenador o una conexión fiables, frente al 9% de los de 75.000 o más (Pew, 2018).
Y con la inteligencia artificial la brecha ya no es solo de acceso, sino de guía. El informe PISA 2025 de la OCDE, que ya comentamos en Papitek, recoge que los alumnos que no usan IA para las tareas escolares tienden a venir de entornos más desfavorecidos, y que estos alumnos tienen menos probabilidad de recibir en clase formación para evaluar lo que genera una IA. Es decir: "no usarla" no siempre es una decisión pedagógica; a veces es una falta de acceso. La propia OCDE lo resume así: "simplemente ampliar el acceso a las herramientas de IA es poco probable que produzca beneficios sin inversiones paralelas en orientación sobre un uso adecuado y eficaz".
Lo que la desigualdad no explica
Sería un error convertir todo esto en una explicación única. El mismo informe PISA contiene un dato que descoloca cualquier relato simple: según su director de Educación, Andreas Schleicher, la mayor sorpresa fue quién retrocedió más, y no fueron los alumnos más desfavorecidos, sino los de familias acomodadas. Ni la renta protege del todo ni la falta de ella condena.
Tampoco conviene usar estos datos para señalar a nadie. Que los hijos de progenitores sin estudios universitarios pasen más horas frente a las pantallas no habla de "peor crianza": habla de menos tiempo, menos margen y menos alternativas gratuitas y accesibles a las que recurrir. La conclusión honesta no es "hay familias que lo hacen mal", sino "hay familias a las que el sistema les deja menos herramientas".
Lo que puede hacer cualquier familia (y cualquier colegio)
Si el colchón se compone de apoyo familiar, estrategias de crianza digital y habilidades digitales, buena parte de ese colchón se puede construir sin gastar dinero. Algunas ideas que se desprenden de la evidencia anterior:
Conversación antes que control. Preguntar qué ve, qué juega y con quién habla no depende de ninguna aplicación, y es gratis. Hacerlo en momentos que ya existen (el trayecto al colegio, la cena) evita que suene a interrogatorio.
Una o dos reglas claras, no veinte. Según explicaba el propio equipo investigador, las familias con más recursos son más propensas a poner reglas y a hablar más con sus hijos (La Nación), pero no hace falta un reglamento: basta con acordar cuándo y dónde no se usa el móvil (por ejemplo, la mesa o la noche) y mantenerlo.
Vigilar el patrón, no solo las horas. El indicador que importa en el estudio de Oxford no es el tiempo, sino el uso problemático: pensar en las redes constantemente, malestar sin ellas, ocultar cuánto se usan. Las horas son una pista; esas señales son el aviso.
Empezar despacio con los más pequeños. El estudio detecta que los adolescentes de 11 a 12 años son más vulnerables que los mayores, una razón más para no ir con prisa.
Pedirle al colegio lo que el hogar no puede dar. Formación en alfabetización digital y en pensamiento crítico ante la IA, o préstamo de dispositivos cuando en casa solo hay un móvil. Que esa formación llegue a todos es una decisión de centro, no de cada familia.
El mismo trapecio, distinta red
Un trapecista no necesita menos talento cuando trabaja con red que cuando lo hace sin ella; simplemente, si se cae, el precio es distinto. Con la tecnología pasa algo parecido: el móvil es el mismo trapecio para todos los adolescentes, pero no todos tienen la misma red debajo. Y la red no se compra: se teje con tiempo, conversación y apoyo, tres cosas que una sociedad puede decidir repartir mejor.
Si el debate sobre pantallas y adolescentes se queda en cuántas horas o a qué edad, se olvida de preguntar lo más importante: ¿qué red tiene debajo cada chaval? ¿Y qué podemos hacer, desde casa y desde el colegio, para que la tenga?


